En un lugar olvidado por Dios y la historia, en un rincón de la España de la postguerra donde aún perduran más sombras que certezas, existe un pequeño pueblo encajonado entre montañas que sobrevive a duras penas bajo la sombra ominosa de una presa hidroeléctrica y al borde de un río de mierda que se retuerce como un esperpento. Allí se gesta un drama imposible, una sátira feroz sobre el poder, la locura y la realidad misma.
En el manicomio local, que se ha convertido en vertedero humano de los «desechos sociales», donde se da cobijo a almas errantes a quienes se les ha negado el derecho a ser normales, dos dementes, locos de atar, hartos de estar encerrados, deciden fugarse y tomar el mundo por montera, sin más plan que respirar el aire de la libertad. Sin reglas ni ataduras, deambulan en un hábitat que parece aún más insensato y delirante que el sanatorio del que han escapado, mientras juegan a ser libres, en un escenario donde la razón es una farsa y el absurdo, tiene rango de ley.
Su viaje los lleva a un inesperado encuentro, entre lo irracional y la euforia, con un misterioso forastero, un iluminado «caído del cielo», un hombre que dice poseer la clave para transformar el caos en dominio, que les ofrece un insólito propósito: ¿Por qué no reclamar lo que es suyo? ¿Por qué no tomar el control del pueblo que los ha despreciado y cambiar las reglas del juego? Juntos, en ficticio triunviro, idean un plan descabellado: derrocar al alcalde pedáneo en unas elecciones donde, por primera vez, los locos tienen derecho a voto.
Tras unas elecciones tan delirantes como inevitables, tras un desfile de intrigas esperpénticas, lo que sigue es una batalla grotesca y delirante, donde la cordura es sólo una etiqueta y la peor de las enfermedades, y la locura, quizás, la única forma de sobrevivir y de entender la concepción del mundo como tal.
Entre el delirio y la lucidez, Vita Flumen, Stultitiae Laus es una sátira ferozmente irónica sobre el orden y el caos, la farsa del poder y la eterna pregunta: ¿quién está más loco, el orate o quien lo encierra? En este río de mierda, en cuyos márgenes conspira la sociedad para reclamar su lugar, donde todo parece condenado a fluir sin remedio, solo los que se atreven a nadar contra la corriente pueden cambiar el destino. Ante tal simiente nace una novela imposible donde se narra la fugacidad de la vida, el Tempus fugit de unos seres atemporales que inmersos en el cauce imparable del tiempo fluyen monótonamente en el río de su existir hasta precipitar su ser hacia un mar de pasiones sin freno ni medida.